El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El párroco asintió, con un movimiento mudo de cabeza, contento de aquellas iras beatas que eran como la afirmación ruidosa del amor que le tenían las señoras.
Pero doña Josefa se impacientaba. Había cogido ya el Panorama con las puntas del chal, para evitar el contagio, y gritaba hacia dentro, hacia la habitación, donde continuaba por los cajones una búsqueda enloquecida:
—¿Ya ha aparecido?
—¡Aquí está, aquí está!
Era la Gansoso, que entraba triunfante con la pitillera, el guante viejo y el pañuelo de algodón.
Y las mujeres, en tropel, se abalanzaron a la cocina. La propia Sanjoaneira las siguió, como buena ama de casa, para fiscalizar la hoguera.
Entonces los tres curas, solos, se miraron. Y se rieron.
—Las mujeres tienen el diablo en el cuerpo —dijo el canónigo filosóficamente.
—No, señor profesor, no señor —intervino Natário, poniéndose serio—. Yo me río porque la cosa, así vista, parece ridícula. Pero el sentimiento es bueno. Prueba la verdadera devoción al sacerdocio, el horror a la impiedad… En fin, el sentimiento es excelente.
—El sentimiento es bueno —confirmó Amaro, también serio. El canónigo se levantó.