El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Y es que si pillasen al hombre eran capaces de quemarlo… No se lo digo de broma, que mi hermana tiene hÃgados para eso… Es un Torquemada con faldas…
—Tiene razón, tiene razón —afirmó Natário.
—¡Yo no me resisto a ir a ver la ejecución! —exclamó el canónigo—. ¡Quiero verlo con mis propios ojos!
Y los tres curas fueron hasta la puerta de la cocina. Allà estaban las mujeres, de pie ante el lar, golpeadas por la luz violenta de la hoguera que hacÃa destacar extrañamente las prendas de abrigo con las que ya se habÃan cubierto. La Ruça, de rodillas, soplaba extenuada. HabÃan cortado con el cuchillo de cocina la encuadernación del Panorama y las hojas retorcidas y negras, con un chisporrotear de tamujos, volaban por la chimenea en limpias lenguas de fuego. Sólo el guante de cabritilla no se consumÃa. Inútilmente lo ponÃan con las tenazas en la llama viva; se ennegrecÃa, reducido a un carozo arrugado, pero no ardÃa. Y su resistencia aterraba a las señoras.
—¡Es que es el de la mano derecha, con la que cometió el desacato! —decÃa furiosa doña Maria da Assunção.
—¡Búfele, mujer, búfele! —aconsejaba desde la puerta el canónigo, muy divertido.
—¡Hermano, haga el favor de no burlarse de las cosas serias! —gritó doña Josefa.