El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pero, hermana, ¿quiere usted saber mejor que un sacerdote cómo se quema a un impío? ¡No está mal la pretensión! ¡Hay que bufarle, hay que bufarle!
Entonces, confiadas en la ciencia del señor canónigo, la Gansoso y doña Maria da Assunção, acuclilladas, soplaron también. Las otras miraban, con una sonrisa muda, la mirada brillante y cruel, gozando de aquel exterminio grato a Nuestro Señor. El fuego estallaba, empujando con una fuerza gallarda, en la gloria de su antigua función de purificador de los pecados. Y por fin, sobre los troncos en brasa, nada quedó del Panorama, del pañuelo, ni del guante del impío.
A esa hora, João Eduardo, el impío, en su habitación, sentado a los pies de la cama, sollozaba, con la cara bañada en lágrimas, pensando en Amélia, en la buena gente de la Rua da Misericórdia, en la ciudad a la que se iría, en la ropa que empeñaría, y preguntándose en vano a sí mismo por qué lo trataban así, a él que era tan trabajador, que no quería mal a nadie y que la adoraba tanto a ella.