El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El domingo siguiente había misa cantada en la catedral y la Sanjoaneira y Amélia atravesaron la plaza para buscar a doña Maria da Assunção, que en días de mercado y de «populacho» nunca salía sola, recelosa de que le robasen las joyas o le insultasen la castidad.
Aquella mañana la afluencia de gentes de las parroquias llenaba la plaza: los hombres, en grupos, obstruían la calle, muy serios, muy afeitados, con la chaqueta al hombro; las mujeres, en parejas, con grandes tesoros de cadenas y corazones de oro sobre los pechos oprimidos; en las tiendas, los dependientes se movían atropelladamente tras los mostradores abarrotados de lencería y de telas estampadas; en las rebosantes tabernas se parloteaba en voz alta; en el mercado, entre los sacos de harina, las pilas de loza, los cestos de pan de maíz, no cesaba el regateo; se apiñaban multitudes en torno a los tenderetes en los que brillaban espejitos redondos y se desparramaban los rosarios; las viejas pregonaban sus mercancías desde sus puestos, montados con cuatro palitroques; y los pobres, habituales de la ciudad, lloriqueaban Padrenuestros por las esquinas.
Las señoras iban a misa, todas vestidas con sedas, los semblantes circunspectos; y la arcada estaba llena de caballeros, tiesos en sus trajes de cachemira nueva, fumando caro, disfrutando el domingo.
