El crimen del padre Amaro

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Amélia fue muy observada: el hijo del recaudador, un atrevido, llegó a decir en voz alta desde un grupo: «¡Ay, que me lleva el corazón!». Y las dos señoras, apresurándose, doblaban hacia la Rua do Correio cuando se les apareció el Libaninho, de guantes negros y clavel en el pecho. No las había visto desde «el desacato del Largo de la Catedral» y rompió inmediatamente en exclamaciones. ¡Ay, hijas, qué disgusto! ¡El malvado del escribiente! Él había tenido tanto que hacer que hasta esa mañana no había podido ir a expresarle su pesar al señor párroco; el santito lo había recibido muy bien, estaba vistiéndose; él quiso verle el brazo y felizmente, alabado sea Dios, ni una marca… Y si ellas viesen, qué carne tan delicada, qué piel tan blanca… ¡una piel de arcángel!

—Pero ¿queréis que os cuente, hijas? Lo he encontrado muy afligido.

Las dos señoras se asustaron. ¿Por qué, Libaninho?

La criada, la Vicéncia, que se quejaba desde hacía unos días, se había ido de madrugada al hospital, con mucha fiebre…



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