El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Y allí está el pobre santo sin criada, ¡sin nada! ¡Ya ven! Por hoy bien, que va a comer con nuestro canónigo (también he estado allí, ¡ay, qué santo!). Pero ¿y mañana? ¿Y después? Tiene en casa a la hermana de la Vicéncia, a la Dionísia… Pero, hijas, ¡la Dionísia! Es lo que yo le he dicho: la Dionísia puede ser una santa, ¡pero qué reputación…! Es que no la hay peor en Leiría… Una perdida que no pone los pies en la iglesia… ¡Estoy seguro de que hasta el señor chantre lo reprobaría!

Las dos señoras coincidieron entonces en que la Dionísia —mujer que no cumplía los preceptos, que había actuado en teatros de aficionados—, no convenía al señor párroco.

—Mira, Sanjoaneira —dijo Libaninho—, ¿sabes lo que le convenía? Yo ya se lo he dicho, ya se lo he propuesto. Que se acomode otra vez en tu casa. Que es donde está bien, con gente que lo mima, que le cuida la ropa, que le sabe los gustos, ¡y donde todo es virtud! Él no dice ni que no ni que sí. Pero se le puede leer en la cara que está que se muere por eso… Deberías hablar tu con él, Sanjoaneirinha.

Amélia se puso tan escarlata como su pañuelo de seda de la India. Y la Sanjoaneira dijo ambiguamente:

—Hablarle, no… Yo soy muy delicada para esas cosas… Ya comprendes…


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