El crimen del padre Amaro

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—¡Sería como tener un santo en casa, hija! —dijo con vehemencia Libaninho—. ¡Acuérdate de eso! Y sería un bien para todos… Estoy seguro de que hasta Nuestro Señor se iba a alegrar… Y ahora adiós, pequeñas, huyo. No os entretengáis, que está la misa a punto de empezar.

Las dos señoras siguieron calladas hasta la casa de doña María da Assunção. Ninguna quería ser la primera en arriesgar una palabra sobre aquella posibilidad tan inesperada, tan seria, de que el señor párroco volviese a la Rua da Misericórdia. Sólo cuando llegaron, mientras tiraba de la campanilla, la Sanjoaneira dijo:

—Ay, la verdad es que el señor párroco no puede tener a la Dionísia en su casa…

—¡Por Dios, es horroroso!

Fue también ésa la expresión de doña Maria da Assunção cuando le contaron, arriba, la enfermedad de la Vicéncia y la instalación de la Dionísia: ¡era horroroso!

—Yo no la conozco —dijo la excelente señora—. Y hasta tengo ganas de conocerla. ¡Me han dicho que es de los pies a la cabeza una costra de pecado!


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