El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro No obstante, poco a poco, con su naturaleza amorfa, fue entrando como una oveja indolente en la disciplina del seminario. Forraba regularmente sus manuales; cumplía con prudente exactitud en los servicios eclesiásticos; y callado, encogido, inclinándose mucho ante los profesores, llegó a obtener buenas notas.
Nunca había podido comprender a los que parecían gozar dichosos del seminario y torturaban sus rodillas meditando cabizbajos los textos de la Imitación o de san Ignacio; en la capilla, con los ojos en blanco, palidecían de éxtasis; incluso el recreo o los paseos se los pasaban leyendo algún librito de Louvores a Maria; y cumplían encantados las más pequeñas normas, incluso la de subir sólo un escalón de cada vez, como recomienda san Buenaventura. A ésos el seminario les proporcionaba un gozo anticipado del cielo: a él sólo le ofrecía las humillaciones de una prisión y el tedio de una escuela.