El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Tampoco entendía a los ambiciosos: los que querían ser caudatarios de un obispo y, en las soberbias salas de los palacios episcopales, levantar los reposteros de damasco viejo; los que, una vez ordenados, deseaban vivir en las ciudades, servir en una iglesia aristocrática y cantar con voz sonora ante las damas ricas, apiñadas en un rumor de sedas sobre la alfombra del altar mayor. Otros incluso soñaban destinos fuera de la Iglesia: ambicionaban ser militares y arrastrar por las calles empedradas el tintineo de un sable; o la harta vida campesina y, desde el alba, con un sombrero de alas anchas y en una buena montura, trotar por los caminos, dar órdenes por las extensas eras abarrotadas de haces, apearse en las puertas de las tabernas. Y, a no ser algunos devotos, todos, aspirantes al sacerdocio o a destinos seculares, querían dejar la estrechez del seminario para comer bien, ganar dinero y conocer mujeres.
Amaro no deseaba nada.
—Yo no sé —decía melancólicamente.