El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entretanto, escuchando por simpatía a aquellos para quienes el seminario era «una condena a galeras», salía muy perturbado de aquellas conversaciones llenas de impaciente ambición de vida libre. A veces hablaban de escaparse. Hacían planes, calculando la altura de las ventanas, las peripecias de la noche negra por los caminos: se imaginaban bebiendo en las barras de las tabernas, salas de billar, calientes alcobas femeninas. Amaro se ponía muy nervioso: durante la noche se revolvía insomne en su catre y, en el fondo de sus imaginaciones y sueños, ardía, como una brasa silenciosa, el deseo de mujer.
En su celda había una imagen de la Virgen coronada de estrellas, de pie sobre la esfera terrestre, la mirada errante en la luz inmortal, pisoteando a la serpiente. Amaro se volvía hacia ella como hacia un refugio, le rezaba la Salve; pero, al contemplar la litografía, olvidaba la santidad de la Virgen, sólo veía ante sí a una hermosa muchacha rubia; la amaba, suspiraba, al desnudarse la miraba de reojo lúbricamente; y su curiosidad hasta se atrevía a levantar los castos pliegues de la túnica azul de la imagen y suponer formas, redondeces, la carne blanca… Creía entonces ver los ojos del tentador brillando en la oscuridad del cuarto; rociaba la cama con agua bendita; pero los domingos en el confesionario no se atrevía a revelar estos delirios.