El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¡Cuántas veces en los sermones había oído al profesor de moral, con su voz robusta, hablar del pecado, compararlo con la serpiente y, con palabras untuosas y gestos retorcidos, dejando caer lentamente la pompa meliflua de sus frases, aconsejar a los seminaristas que, imitando a la Virgen, pisoteasen a la serpiente ominosa! Y después era el profesor de teología mística el que, aspirando su rapé, hablaba del deber de «¡vencer a la naturaleza!». Y citando a san Juan de Damasco y a san Crisólogo, a san Cipriano y a san Jerónimo, explicaba los anatemas de los santos contra la mujer, a quien llamaba, conforme a las expresiones de la Iglesia, serpiente, dardo, hija de la mentira, puerta del infierno, cabeza de pecado, escorpión…
—Y como dice nuestro padre san Jerónimo —y se sonaba estruendosamente—, ¡camino de iniquidades, iniquitas via!