El crimen del padre Amaro

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En efecto, la sala era toda ella un inmenso almacén de santería, una chamarilería devota: sobre las dos cómodas de ébano con cerraduras de cobre se apiñaban, en vitrinas, en peanas, las Vírgenes vestidas de seda azul, los Niños Jesús ondulantes con la barriguita gorda y la mano en actitud de bendecir, los san Antonios con su hábito, los san Sebastianes bien asaeteados, los san Josés barbudos. Había santos exóticos que eran su orgullo, que le fabricaban en Alcobaça: san Pascual Bailón, san Didácio, san Crisolo, san Gorislano. Después estaban los escapularios, los rosarios de metal y de huesos de aceituna, cuentas de colores, cintas amarillas de antiguas albas, corazones de vidrio escarlata, cojines con las iniciales J. M. artísticamente entrelazadas, ramos benditos, palmas de mártires, paquetitos de incienso. Las paredes desaparecían forradas por estampas de Vírgenes de todas las devociones, equilibradas sobre el orbe, arrodilladas a los pies de la cruz, traspasadas por espadas. Corazones de los que goteaba sangre, corazones de los que salían llamas, corazones en los que dardeaban rayos: oraciones enmarcadas para las fiestas particularmente amadas, las bodas de Nuestra Señora, la invención de la Santa Cruz, los estigmas de san Francisco y, sobre todo, el parto de la Santa Virgen, la más devota, que coincide con las cuatro témporas. Encima de las mesas, lamparitas encendidas para colocárselas sin demora a los santos especiales, cuando la buena señora tenía su ciática, o cuando el catarro se ensañaba, o cuando le venían los gases. Ella misma, ella sola, ordenaba, sacaba el polvo, abrillantaba a toda aquella santa población celeste, aquel arsenal beato que era apenas suficiente para la salvación de su alma y el alivio de sus achaques. La posición de los santos era su gran desvelo: la cambiaba constantemente, porque a veces, por ejemplo, le parecía que a san Eleuterio no le gustaba estar junto a san Justino y entonces lo colgaba en otro lado, en compañía más simpática al santo. Y los distinguía —según los preceptos del ritual que el confesor le explicaba—, otorgándoles una devoción graduada, no teniendo por un san José de segunda clase el respeto que sentía por un san José de primera clase. Aquella riqueza era la envidia de sus amigas, la edificación de los curiosos, y hacía decir al Libaninho, siempre que iba a visitarla, abarcando la sala con una mirada lánguida: «¡Ay, hija, es el reinito de los cielos!».


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