El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿No es verdad —continuaba radiante la excelente señora— que estaría bien aquí, el santito del párroco? ¡Es como tener el cielo al alcance de la mano!
Las dos señoras asintieron. Ella podía tener su casa arreglada con devoción, ella que era rica…
—No lo niego, tengo aquí metiditos algunos cientos de miles de reales. Sin contar lo que está en el relicario…
¡Ah, el famoso relicario de madera de sándalo forrado de satén! Guardaba allí una astillita de la Vera Cruz, un fragmento de espina de la Corona, un harapito del pañal del Niño Jesús. Y entre las devotas se murmuraba con acrimonia que cosas tan preciosas, de origen divino, deberían estar en el sagrario de la catedral. Doña Maria da Assunção, temiendo que el señor chantre supiese de aquel tesoro seráfico, sólo se lo enseñaba a las íntimas, con mucho misterio. Y el santo sacerdote que se lo había conseguido le había hecho jurar sobre el Evangelio que no revelaría su procedencia «para evitar habladurías».
La Sanjoaneira, como siempre, admiró sobre todo el pedacito de pañal.
—¡Qué reliquia, qué reliquia! —murmuraba.
Y doña Maria da Assunção, en voz muy baja: