El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—No hay nada mejor. Me costó treinta mil reales… ¡Pero habría dado sesenta, habría dado cien, lo habría dado todo! —Y completamente transportada ante el trapito valiosísimo—: ¡El pañalito! —decía casi llorando—. Mi Niño querido, su pañalito…

Le dio un beso muy sonoro y guardó el relicario en la cómoda.

Pero se acercaba el mediodía y las tres señoras se dieron prisa para coger un buen sitio en el altar mayor de la catedral.

Ya en el Largo encontraron a doña Josefa Dias, que se precipitaba hacia la iglesia, ávida de misa, con la manteleta caída sobre el hombro y una pluma del sombrero medio suelta. ¡Llevaba toda la mañana enfurecida con la criada! Había tenido que hacer ella todos los preparativos para la comida… Ay, tenía miedo de que ni siquiera la misa la confortase, de lo nerviosa que estaba…

—Es que tenemos hoy en casa al señor párroco… Ya sabéis que la criada se puso enferma… Ah, me olvidaba, mi hermano quiere que vengas tú también a comer, Amélia. Dice que es para que haya dos damas y dos caballeros…

Amélia rió con alegría.

—Y tú vienes después a buscarla, Sanjoaneira, al anochecer… ¡Vaya, me he vestido tan deprisa que hasta parece que se me cae el refajo!


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