El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Cuando las cuatro señoras entraron, la iglesia estaba ya llena. Era una misa cantada en honor del Santísimo. Y, a pesar de contrariar el rigor del ritual, por una costumbre diocesana —que el buen Silvério, muy estricto en la liturgia, no dejaba nunca de reprobar— había, en presencia de la Eucaristía, música de rabel, violoncelo y flauta. El altar, muy adornado, con las reliquias expuestas, destacaba por su blancura festiva: el dosel, el frontal, las cubiertas de los misales eran blancos, con relieves de oro pálido; de los jarrones ascendían ramos piramidales de flores y hojas blancas; los velludillos decorativos, dispuestos como un telón abierto, ponían a ambos lados del tabernáculo la blancura de dos vastas alas desplegadas, recordando a la Paloma Espiritual; y los veinte velones elevaban sus llamas amarillas hasta el sagrario abierto, que mostraba en lo alto, engastada en un fulgor de oros vivos, la hostia redonda y baza. Por toda la iglesia abarrotada corría un susurro lento; aquí y allá un catarro que expectoraba, un niño que lloriqueaba; el aire se condensaba por la reunión de los hálitos y por el olor a incienso; y del coro, donde se movían las figuras de los músicos por detrás de los violoncelos y los atriles, venía a cada momento un afinar doliente de rabel, o un pío de flautín. Apenas se habían acomodado las cuatro amigas junto al altar mayor, cuando los dos acólitos, estirado como un pino uno, gordinflón y sucio el otro, entraron desde la sacristía sosteniendo en las manos, altos y rectos, los dos velones consagrados; detrás, el Pimenta, estrábico, con una sobrepelliz demasiado grande para él, marcando pomposo el paso con sus zapatones, traía el incensario de plata; después, sucesivamente, durante el rumor del arrodillarse en la nave y del hojear de los oracionales, aparecieron los dos diáconos; y por fin, vestido de blanco, con los ojos bajos y las manos orantes, con aquel recogimiento humilde que pide el ritual y que expresa la mansedumbre de Jesús camino del Calvario, entró el padre Amaro, todavía rojo por la discusión furiosa que había tenido en la sacristía, antes de vestirse, por causa del lavado de las albas.