El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La iglesia temblaba al clamor del órgano en toda su plenitud; las bocas abiertas de los cantores solfeaban con toda su fuerza; encima, sobresaliendo entre los mástiles de los violoncelos, el maestro de capilla, en el fuego de la ejecución, agitaba desesperadamente su batuta, hecha con un pergamino enrollado de canto gregoriano.
Amélia salió de la iglesia muy fatigada, muy pálida.
Durante la comida, en casa del canónigo, doña Josefa la censuró repetidamente por «no decir ni palabra».
No hablaba, pero bajo la mesa su piececito no paraba de rozar, pisar el del padre Amaro. Había oscurecido temprano y encendieron las velas; el canónigo abrió una botella, no de su famoso Duque de 1815, sino de 1847, para acompañar la fuente de hojuelas que ocupaba el centro de la mesa con las iniciales del párroco dibujadas con canela; era, como explicó el canónigo, «una galantería de mi hermana al invitado». Entonces Amaro brindó con el 1847 «a la salud de la digna dueña de esta casa». Ella resplandecía, horrible en su vestido de barege verde. Lo que sentía era que la comida estuviese tan mala… Aquella Gertrudes estaba haciéndose una abandonada. ¡Había dejado que se quemase el pato con macarrones!