El crimen del padre Amaro

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—¡Oh, señora, estaba delicioso! —protestó el párroco.

—Es muy benévolo el señor párroco. Menos mal que pude sacarlo a tiempo… Pero ¿no toma una hojuelita más, señor párroco?

—Nada más, señora, ya he tomado muchas.

—Entonces, para hacer la digestión tómese otro vasito del cuarenta y siete —dijo el canónigo.

Él mismo bebió pausadamente un buen trago, emitió un «¡ah!» de satisfacción, y repantigándose:

—¡Buen vino! ¡Así se puede vivir!

Estaba ya colorado y parecía más obeso con su grueso chaquetón de franela y la servilleta atada al pescuezo.

—Buen vino —repitió—, de éste no probó usted hoy con las hostias…

—¡Por Dios, hermano! —exclamó doña Josefa con la boca llena de hojuelas, muy escandalizada por la irreverencia.

El canónigo se encogió de hombros con desprecio.

—¡Dios es para la misa! ¡Qué manía de meterse siempre en cosas que no entiende! Pues a ver si se entera usted de que la calidad del vino es cosa de gran importancia para la misa. Es necesario que el vino sea bueno.


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