El crimen del padre Amaro

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—Contribuye a la dignidad del santo sacrificio —dijo el párroco muy serio, acariciando con su rodilla la de Amélia.

—Y no es sólo por eso —dijo el canónigo adoptando su tono pedagógico—. El vino, cuando no es bueno y tiene impurezas, deja un poso en las hostias; y, si el sacristán no es cuidadoso y no las limpia, las hostias cogen un olor pésimo. ¿Y sabe qué pasa, hermana? Pasa que el sacerdote, cuando va a beber la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, al no estar prevenido, le hace una mueca. ¡Entérese la señora!

Y sorbió ruidosamente la copa. Pero estaba hablador esa noche y, después de eructar con parsimonia, interpeló de nuevo a doña Josefa, asombrada de tanta ciencia.

—Y dígame usted entonces, ya que es tan doctora. ¿El vino, en el divino sacrificio, debe ser blanco o tinto?

A doña Josefa le parecía que debía de ser tinto, para que se pareciese más a la sangre de Nuestro Señor.

—Corrija, señorita —mugió el canónigo con el dedo en ristre dirigido a Amélia.

Ella rehusó, con una risita. Como no era sacristán, no sabía…

—¡Corrija, señor párroco!


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