El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amaro bromeó. Si no era tinto, entonces tenía que ser blanco…

—¿Y por qué?

Amaro había oído decir que era la costumbre de Roma.

—¿Y por qué? —continuaba el canónigo, pedante y ronco.

No sabía.

—Porque Nuestro Señor Jesucristo, cuando consagró por primera vez, lo hizo con vino blanco. Y la razón es muy simple: porque en la Judea de aquel tiempo, como es sabido, no se producía vino tinto… Sírvame la señora más hojuelas, haga el favor.

Entonces, a propósito del vino y de la limpieza de las hostias, el padre Amaro se quejó de Bento, el sacristán. Por la mañana, antes de vestirse para la misa —precisamente cuando el señor canónigo había entrado en la sacristía— acababa de echarle un rapapolvo por culpa de las albas. En primer lugar, se las daba a lavar a una tal Antonia que vivía amancebada con un carpintero, con gran escándalo, y que era indigna de tocar las vestiduras santas. Esto en primer lugar. Después, la mujer las devolvía tan sucias que era una profanación usarlas en el divino sacrificio…


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