El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Ay, mándemelas a mí, señor párroco, mándemelas a mí —intervino doña Josefa—. Se las doy a mi lavandera, que es persona de mucha virtud y trae la ropa limpísima. ¡Ay, hasta sería un honor para mí! Yo misma las plancharía y hasta se podría bendecir la plancha.

Pero el canónigo —que aquella noche estaba ciertamente locuaz— la interrumpió y, volviéndose hacia el padre Amaro, mirándolo fijamente:

—A propósito de mi entrada en la sacristía, llevo todo el día queriéndole decir, amigo y colega, que hoy ha cometido un error de principiante.

Amaro pareció inquieto.

—¿Qué error, padre?

—Después de vestirse —continuó el canónigo pausadamente—, ya con los diáconos al lado, al hacer la inclinación ante la imagen de la sacristía, en vez de hacer la inclinación completa, hizo sólo media inclinación.

—¡Alto ahí, profesor! —exclamó el padre Amaro—. Es el texto de la rúbrica. Facta reverentia crucí, hecha la reverencia a la cruz; o sea, la reverencia sencilla, inclinar ligeramente la cabeza…

Y para ejemplificar, hizo una cortesía a doña Josefa, que le sonrió toda, contrayéndose.


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