El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Niego! —exclamó formidablemente el canónigo que en su casa, sentado a su mesa, vociferaba sus opiniones—. Y niego con mis autores. ¡Ahí van! —Y le echó encima, como peñascos de autoridad, los nombres venerados de Laborantí, Baldeschi, Meratí, Turrino y Pavonio.
Amaro había separado la silla y se había colocado en actitud de controversia, contento de poder «machacar» al canónigo, profesor de teología moral y un coloso en liturgia práctica, delante de Amélia.
—Sustento —exclamó—, sustento con Castaldus…
—Alto, ladrón —bramó el canónigo—. ¡Castaldus es mío!
—¡Castaldus es mío, profesor!
Y se enzarzaron, cada uno reclamando para sí al venerable Castaldus y la autoridad de su facundia. Doña Josefa saltaba de gozo en su silla y, con la cara arrugada por la risa, le susurraba a Amélia:
—¡Ay, qué gustito da verlos! ¡Ay, qué santos!
Amaro continuaba, con ademán elevado: