El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Y además de eso, tengo a mi favor el sentido común, profesor. Primo, la rúbrica, como he expuesto. Secundo, el sacerdote que en la sacristía lleve puesto el bonete en la cabeza no debe hacer la inclinación completa, porque puede caérsele el bonete y tenemos desacato mayor. Tertio, llegaríamos a un absurdo, ¡porque entonces la reverencia antes de la misa a la cruz de la sacristía sería mayor que la que se hace al acabar la misa ante la cruz del altar!
—Pero la inclinación ante la cruz del altar… —insistió el canónigo.
—Es media inclinación. Lea la rúbrica: Caput inclinat. Lea a Garvantus, lea a Garriffaldi. ¡Y no podría ser de otro modo! ¿Sabe por qué? Porque después de la misa el sacerdote está en el apogeo de su dignidad, pues tiene dentro de sí el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Así que el punto es mío.
Y, puesto en pie, se frotó vivamente las manos, triunfando.
El canónigo dejó caer la papada sobre los pliegues de la servilleta, como un buey aturdido. Y poco después:
—No deja usted de tener razón… Yo, ha sido por oírlo… Me honra aquí el discípulo —añadió guiñándole el ojo a Amélia—. Pues nada, ¡a beber, a beber! Y después traiga el cafecito bien caliente, hermana Josefa.