El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero un fuerte repique de la campanilla los sobresaltó.
—Es la Sanjoaneira —dijo doña Josefa.
Gertrudes entró con un chal y una manta de lana.
—Aquà está esto, que lo traigo de casa de la señorita Amélia. La señora manda muchos saludos, que no puede venir, que está indispuesta.
—Entonces, ¿con quién voy a ir yo? —dijo Amélia, inquieta. El canónigo alargó el brazo por encima de la mesa y, dándole una palamadita en la mano:
—En último caso, con este criado suyo. Y esa honrita puede ir tranquila…
—¡Qué cosas tiene, hermano! —gritó la vieja.
—No se preocupe, hermana. Lo que pasa por boca de santo, queda santo.
El párroco aprobó ruidosamente:
—¡Tiene mucha razón el señor canónigo Dias! ¡Lo que pasa por boca de santo, queda santo! ¡A su salud!
—¡A la suya!
Y chocaron sus copas, los ojos maliciosos, reconciliados tras la controversia.
Pero Amélia estaba asustada.
—¡Jesús, qué tendrá mamá! ¿Qué le pasará?