El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Se apelotonaron a su alrededor. Doña Josefa lo llevó del brazo hasta la habitación, mientras le gritaba a la criada que fuese a buscar al médico. Amélia corrió a la cocina a calentar un paño para ponérselo en el estómago. Pero no aparecía ningún paño. La Gertrudes tropezaba con las sillas, despavorida, en busca de su chal para salir.
—¡Vaya sin chal, estúpida! —le gritó Amaro.
La criada salió inmediatamente. Dentro, el canónigo chillaba.
Entonces Amaro, realmente asustado, entró en la habitación. Doña Josefa, de rodillas ante la cómoda, gimoteaba oraciones a una gran litografía de Nuestra Señora de los Dolores; y el pobre profesor, de bruces sobre la cama, roía la almohada.
—Pero, señora —dijo el párroco severamente—, no se trata ahora de rezar. Es necesario hacer algo… ¿Qué se le hace en estos casos?
—Ay, señor párroco, no hay nada que hacer, nada —lloriqueó la vieja—. Es un dolor que viene y va en un momento. ¡No da tiempo a nada! Una tila lo alivia a veces… ¡Pero por desgracia hoy no tengo ni tila! ¡Ay, Jesús!
Amaro corrió a buscar tila a su casa. Y al poco tiempo volvía jadeante con la Dionísia, que venía a ofrecer su ayuda y su experiencia.