El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero el señor canónigo, por ventura, se había sentido repentinamente aliviado.
—Muy agradecida, señor párroco —decía doña Josefa—. ¡Qué buena tila! Ha sido muy caritativo. Ahora se queda dormido. Le pasa siempre después del dolor… Voy junto a él, discúlpenme… Esta vez ha sido peor que las otras… Son estas frutas mald… —retuvo la blasfemia, asustada—. Son estas frutas de Nuestro Señor. Es su divina voluntad… ¿Me disculpan?
Amélia y el párroco se quedaron solos en la sala. Sus miradas brillaron entonces con el deseo de tocarse, de besarse, pero las puertas estaban abiertas; y se oían en la habitación, al lado, las pantuflas de la vieja. El padre Amaro dijo en voz alta:
—¡Pobre profesor! Es un dolor terrible.
—Le da cada tres meses —dijo Amélia—. Mamá ya andaba con el presentimiento. Aún me dijo anteayer: «Es el tiempo del dolor del señor canónigo, ando con un miedo…».
El párroco suspiró, y bajito:
—Yo no tengo quien se preocupe por mis dolores…
Amélia lo miró demoradamente con sus bellos ojos humedecidos de ternura.
—No diga eso…