El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Sus manos iban a entrelazarse apasionadamente por encima de la mesa; pero apareció doña Josefa, encogida en su chal. El hermano se había dormido. Y ella estaba que no se tenía en pie. ¡Ay, aquellas emociones le acababan la salud! Le había encendido dos velas a san Joaquín y le había hecho una promesa a Nuestra Señora de la Salud. Ya era la segunda aquel año, por causa del dolor del hermano. Y Nuestra Señora nunca le había fallado.
—Nunca le falla a quien le implora con fe, señora —dijo con unción el padre Amaro.
El reloj de pared, en lo alto, dio cavernosamente las ocho. Amélia comentó otra vez lo preocupada que estaba por mamá… Además, se estaba haciendo tan tarde…
—Cuando yo salí, estaba lloviendo —dijo Amaro.
Amélia corrió a la ventana, inquieta. El pavimento, enfrente, brillaba muy mojado bajo el farol. El cielo estaba encapotado.
—¡Jesús, vamos a tener una noche de agua!
Doña Josefa estaba afligida por el contratiempo; Amélia se daba cuenta de que no podía marcharse en aquel momento; la Gertrudes había ido a por el médico; naturalmente no lo encontraba, andaba buscándolo de casa en casa, quién sabe cuándo vendría…