El crimen del padre Amaro

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El párroco recordó entonces que la Dionísia (que había venido con él y esperaba en la cocina) podía acompañar a la señora doña Amélia. Eran dos pasos, no había nadie por las calles. Él mismo iría con ellas hasta la esquina de la plaza… Pero tenían que darse prisa, que iba a llover.

Doña Josefa fue a buscar un paraguas para Amélia. Le encareció mucho que le contase a su mamá lo que había ocurrido. Pero que no se preocupase, que el hermano estaba mejor…

—Y mira —le gritó todavía en la escalera, desde arriba—. ¡Dile que se ha hecho todo lo que se ha podido, pero que el dolor no ha dado tiempo a nada!

—Sí, ya se lo diré. Buenas noches.

Cuando abrieron la puerta, caían gruesas gotas de lluvia. Amélia quiso esperar pero el párroco, apresurado, la cogió por el brazo:

—¡Si no es nada, si no es nada!

Fueron por la calle desierta, apretados bajo el paraguas, con la Dionísia al lado, muy callada, con la cabeza cubierta por el chal. Todas las ventanas estaban oscuras; en el silencio las goteras cantaban a coro.

—¡Jesús, qué noche! —dijo Amélia—. Se me va a estropear el vestido.

Estaban en la Rua das Sousas.


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