El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿Por qué no? ¿Tú qué piensas? Es una tontería. Es mientras no pasa el aguacero. Di…
Ella no respondía, respiraba muy fuerte. Amaro le puso la mano sobre el hombro, sobre el pecho, apretándolo, acariciando la seda. Toda ella se estremeció. Y lo siguió por la escalera, como tonta, con las orejas ardiendo, tropezando a cada peldaño con el vestido.
—Entra ahí, es mi habitación —le dijo él al oído.
Corrió a la cocina. Dionísia encendía la vela.
—Querida Dionísia, date cuenta… He quedado en confesar aquí a la señorita Amélia. Es un caso muy serio… Vuelve de aquí a media hora. Toma. —Le metió en la mano tres monedas.
La Dionísia se descalzó, bajó de puntillas y se guareció en la carbonera.
Él volvió a la habitación con la vela. Allí estaba Amélia, inmóvil, muy pálida. El párroco cerró la puerta y fue hacia ella, callado, con los dientes apretados, resoplando como un toro.
Media hora más tarde la Dionísia tosió en la escalera. Poco después bajó Amélia, muy envuelta en la manta de lana. Cuando abrieron la puerta del patio pasaban por la calle dos borrachos alborotando; Amélia retrocedió rápidamente hacia la oscuridad. Pero Dionísia al poco rato escrutó la calle y viéndola desierta:
—Está el campo libre, señorita…