El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y allà quedaron, callados, en el patio oscuro, mirando los regueros de agua que brillaban a la luz del farol de enfrente. Amélia estaba toda atarantada. La negrura del patio y el silencio la asustaban; pero le parecÃa delicioso estar asà en aquella oscuridad, a su lado, ignorada por todos… Insensiblemente atraÃda, se rozaba contra su hombro; y retrocedÃa luego, inquieta al oÃr su respiración tan agitada, al sentirlo tan pegado a sus faldas. PercibÃa a su espalda, sin verla, la escalera que llevaba a su cuarto; y sentÃa un deseo inmenso de subir arriba a ver sus muebles, sus arreglos… La presencia de la DionÃsia, encogida contra la puerta y muy callada, la molestaba; volvÃa sus ojos cada momento hacia ella, anhelando que desapareciese, que se sumiese en la negrura del patio o de la noche…
Entonces Amaro empezó a golpear con los pies en el suelo, frotarse las manos, aterido.
—Aquà vamos a coger una —decÃa—. La piedra está helada. La verdad es que serÃa mejor esperar arriba en la sala de estar…
—¡No, no! —dijo ella.
—¡TonterÃas! Hasta la mamá se iba a enfadar… Venga, DionÃsia, encienda la luz arriba.
La mujerona subió inmediatamente las escaleras.
Entonces él, en voz muy baja, cogiendo a Amélia por el brazo: