El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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XVI

Al día siguiente Amaro, al ver en el reloj que tenía a la cabecera de la cama que se aproximaba la hora de la misa, saltó alegremente del lecho. Y poniéndose el viejo paletó que le servía de robe de chambre, pensaba en aquella otra mañana en Feirão en la que había despertado aterrorizado por haber pecado brutalmente la víspera, por primera vez desde que era cura, con la Joana Vaqueira sobre la paja de la caballeriza de la rectoral. Y no se había atrevido a decir misa con aquel pecado en el alma, que lo oprimía con el peso de una roca. Se había visto contaminado, inmundo, maduro para el infierno, según todos los santos padres y el seráfico Concilio de Trento. Tres veces había llegado a la puerta de la iglesia, tres veces había retrocedido espantado. Tenía la certeza de que, si osaba tocar la Eucaristía con aquellas manos con las que había arrebañado los refajos de la Vaqueira, la capilla se desmoronaría sobre él, o quedaría paralizado viendo alzarse ante el sagrario, con la espada en alto, la figura rutilante de san Miguel Vengador, Había montado el caballo y había trotado durante dos horas por los barrizales de Dom João, para ir a A Gralheira a confesarse con el buen abad Sequeira… ¡Ah! ¡Eran sus tiempos de inocencia, de exageraciones piadosas y de terrores novicios! Ahora, había abierto los ojos a la realidad humana a su alrededor. Abades, canónigos, cardenales y monseñores no pecaban sobre la paja de la caballeriza, no: lo hacían en alcobas cómodas, con la cena al lado. Y las iglesias no se desmoronaban, ¡y san Miguel Vengador no abandonaba por tan poca cosa las comodidades del cielo!


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