El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro No era eso lo que le inquietaba. Lo que le inquietaba era la Dionísia, a quien oía en la cocina, ordenando y tosiqueando, sin atreverse a pedirle agua para afeitarse. Le desagradaba sentir a aquella comadre introducida, instalada en su secreto. No dudaba ciertamente de su discreción, era su «oficio»; y algunas medias libras mantendrían su fidelidad. Pero repugnaba a su decoro de sacerdote saber que aquella vieja concubina de autoridades civiles y militares, que había corrido su masa de grasa por todas las vergüenzas seculares de la ciudad, conocía sus fragilidades, las concupiscencias que ardían balo su sotana de párroco. Preferiría que fuese Silvério o Natário el que lo hubiese visto la víspera, tan inflamado: ¡por lo menos, quedaba entre sacerdotes!… Y lo que le molestaba era la idea de estar bajo la observación de aquellos ojitos cínicos, que no se impresionaban ni con la autoridad de las sotanas ni con la respetabilidad de los uniformes, porque sabían que debajo estaba igualmente la misma miseria bestial de la carne…
—Se acabó —pensó—, le doy una libra y la despido.
Unos nudillos llamaron discretamente a la puerta de la habitación.
—Entre —dijo Amaro sentándose deprisa, inclinándose vivamente sobre la mesa, como absorto, abismado en sus papeles.