El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entre los sirvientes y los sacristanes de la catedral, el tío Esguelhas pasaba por hombre taciturno. Tenía una pierna amputada y usaba muleta; y algunos sacerdotes que deseaban el empleo para sus protegidos llegaban a decir que aquel defecto lo volvía, según la Regla, impropio para el servicio de la Iglesia. Pero el antiguo párroco José Miguéis, en obediencia al señor obispo, lo mantuvo en la catedral, argumentando que la desastrosa caída que motivara la amputación había ocurrido en la torre, con ocasión de una celebración, colaborando en el culto; ergo estaba claramente indicada la intención de Nuestro Señor de no prescindir del tío Esguelhas. Y cuando Amaro se hizo cargo de la parroquia, el cojo se había valido de la influencia de la Sanjoaneira y de Amélia para conservar, como él decía, «la cuerda de la campana». Era además —y había sido la opinión de la Rua da Misericórdia— una obra de caridad. El tío Esguelhas, viudo, tenía una hija de quince años paralítica de las piernas desde pequeña. «El diablo se ensañó con las piernas de la familia», solía decir el tío Esguelhas. Era ciertamente esta desgracia la que le daba una tristeza taciturna. Se contaba que la muchachita —cuyo nombre era Antonia y a la que el padre llamaba Totó lo torturaba con berrinches, arrebatos de ira, caprichos abominables. El doctor Gouveia la había declarado histérica; pero era seguro, para las personas de buenos principios, que la Totó estaba «poseída por el demonio». Incluso se había planeado exorcizarla; el señor vicario general, sin embargo, siempre temeroso de la prensa, había vacilado en conceder el permiso ritual y sólo le habían hecho, sin resultado, las aspersiones de agua bendita. De hecho no se conocía la naturaleza del «endemoniamiento» de la paralítica. Doña Maria da Assunção había oído decir que consistía en aullar como un lobo; la Gansosinho, en otra versión, aseguraba que la infeliz se desgarraba a sí misma con las uñas… El tío Esguelhas, cuando le preguntaban por la muchachita, respondía secamente: