El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Allá está.
Los entretiempos de su servicio en la iglesia los pasaba todos con su hija en su casucha. Sólo cruzaba el Largo para ir a la botica a buscar algún remedio, o a comprar bollos en la confitería de Teresa. Durante todo el día aquella esquina de la catedral, el patio, el barracón, el alto muro aledaño cubierto de parietarias, la casa al fondo con su ventana de frontispicio negro en medio de una pared mugrienta, permanecían en silencio, en una sombra húmeda; y los niños del coro, que a veces se arriesgaban a ir pasito a pasito por el patio para espiar al tío Esguechimba en la mano, escupiendo tristemente a las cenizas.
Acostumbraba a oír todos los días respetuosamente la misa del señor párroco. Y Amaro, aquella mañana, mientras se vestía para la misa, al oír su muleta sobre las piedras del patio, meditaba ya su historia…, porque no podía pedirle al tío Esguelhas el uso de su casucha sin explicarle de alguna manera que la deseaba para un servicio religioso… ¿Y qué servicio, a no ser el de preparar, en secreto y lejos de las oposiciones mundanas, alguna alma tierna para el convento y para la santidad?