El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Cuando lo vio entrar en la sacristía le dirigió inmediatamente unos «buenos días» amables. ¡Le encontraba una estupenda cara de salud! Tampoco se sorprendía, porque, según todos los santos padres, la frecuentación de las campanas, dada la virtud peculiar que les comunica la consagración, dan una alegría y un bienestar especiales. Contó entonces con sencillez al tío Esguelhas y a los dos sacristanes que, cuando era pequeño, en casa de la señora marquesa de Alegros, su gran deseo era ser algún día campanero…
Se rieron mucho, encantados con la campechanería de Su Senhoria.
—No se rían, es verdad. Y no me quedaba mal… En otros tiempos eran clérigos de órdenes menores los que tocaban las campanas. Nuestros santos padres las consideraban uno de los medios más eficaces de piedad. Ya lo dice la glosa, poniendo el verso en boca de la campana:
Laudo deum, populum voco, congrego clerum,
defunctum ploro, pestem fugo, festa decoro…
»Lo que quiere decir, como saben: “Alabo a Dios, llamo al pueblo, congrego al clero, lloro a los muertos, ahuyento las pestes, alegro las fiestas”.
Citaba la glosa con respeto, ya revestido de amito y alba, en medio de la sacristía; y el tío Esguelhas se enderezaba sobre su muleta ante aquellas palabras que le daban una autoridad y una importancia imprevistas.