El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El sacristán se había aproximado con la casulla violeta. Pero Amaro no había terminado su glorificación de las campanas; explicó todavía su gran poder para disipar las tempestades —a pesar de lo que dicen algunos sabios presuntuosos—, no sólo porque comunican al aire la unción que reciben de la bendición, sino porque dispersan a los demonios que andan errantes entre los vendavales y las galernas. El santo Concilio de Milán recomienda que se toquen las campanas siempre que haya tormenta.
—En todo caso, tío Esguelhas —añadió sonriendo solícito al campanero—, creo que en esos casos es mejor no arriesgarse. Siempre es estar en lo alto y cerca de la tormenta… Vamos a eso, tío Matias.
Y recibió sobre los hombros la casulla, murmurando con mucha compostura:
—Domine, quis dixisti jugum meum… Apriete más los cordones por detrás, tío Matias. Suave est, et onus meum leve…
Hizo una reverencia a la imagen y entró en la iglesia, en la actitud de la rúbrica, con los ojos bajos y el cuerpo derecho; mientras tanto, Matias, después de haber saludado también él con un breve movimiento del pie al Cristo de la sacristía, se apresuraba con las vinajeras, carraspeando con fuerza para aclarar la garganta.