El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Durante toda la misa, al volverse hacia la nave, en el Ofertorio y en el Orate frates, el padre Amaro se dirigía siempre —por una benevolencia que el ritual permite— hacia el campanero, como si el Sacrificio fuese por su intención particular, y el tío Esguelhas, con su muleta posada al lado, se sumía entonces en una devoción más respetuosa. Incluso en el Benedicat, después de haber comenzado la bendición vuelto hacia el altar para recoger del Dios vivo el depósito de la Misericõrdia, la terminó girándose despacio hacia el tío Esguelhas, ¡como para darle sólo a él las gracias y dones de Nuestro Señor!

—Y ahora, tío Esguelhas —le dijo en voz baja al entrar en la sacristía—, vaya a esperarme al patio, que tenemos que hablar.

No tardó en reunirse con él, con un rostro serio que impresionó al campanero.

—Cúbrase, cúbrase, tío Esguelhas. Vengo a hablarle de un caso serio… Verdaderamente, a pedirle un favor…

—¡Oh, señor párroco!

No, no era un favor… Porque, cuando se trataba del servicio de Dios, todos tenían el deber de contribuir en la medida de sus fuerzas… Se trataba de una señorita que quería hacerse monja. En fin, para demostrarle la confianza que tenía en él, iba a decirle el nombre…


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