El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Por lo demás, decía el campanero, como sitio retirado y casa tranquila cumplía los requisitos. Allí quedaban, él y la señorita, como los monjes en el desierto. Los días que viniese el señor párroco, él salía a dar su paseo. En la cocina no podrían acomodarse, porque el cuartito de la pobre Totó estaba al lado… Pero tenían su habitación, encima.
El padre Amaro se golpeó la frente con la mano. ¡No se había acordado de la paralítica!
—¡Eso nos estropea el arreglito, tío Esguelhas! —exclamó. Pero el campanero lo tranquilizó, vivamente. Estaba ahora muy interesado en aquella conquista de una novia para Nuestro Señor, quería por fuerza que su tejado acogiese la santa preparación del alma de la señorita… ¡Tal vez le atrayese a él la compasión de Dios! Le habló con vehemencia de las ventajas, de las comodidades de la casa. La Totó no molestaba. No se movía de la cama. El señor párroco entraba por la cocina, por la parte de la sacristía, la señorita llegaba por la puerta de la calle: subían, se cerraban en la habitación…
—¿Y ella, la Totó, qué hace? —preguntó el padre Amaro, todavía dudando.