El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Pobrecita, allí estaba… Tenía manías: ahora hacía muñecas y se apasionaba por ellas hasta tal punto que le subía la fiebre; otros días los pasaba en un silencio que daba miedo, con los ojos clavados en la pared. Pero a veces estaba alegre, hablaba, bromeaba… ¡Una desgracia!

—Debería entretenerse, debería leer —dijo el padre Amaro para mostrar interés.

El campanero suspiró. No sabía leer, la pequeña, nunca había querido aprender. Era lo que él le decía: ¡Si pudieses leer, ya no te pesaba tanto la vida! ¿Pero qué pasaba? Tenía horror a aplicarse… El señor padre Amaro debería tener la caridad de persuadirla, cuando fuese por la casa…

Pero el párroco no lo escuchaba, completamente absorto en una idea que le había iluminado la cara con una sonrisa. Había hallado de pronto la explicación natural para darle a la Sanjoaneira y a las amigas, de las visitas de Amélia a casa del campanero: ¡iba a enseñarle a leer a la paralítica! ¡A educarla! ¡A abrirle el alma a las bellezas de los libros santos, de la historia de los mártires y de la oración!

—Está decidido, tío Esguelhas —exclamó, frotándose las manos con júbilo—. Es en su casa donde se va a hacer de la muchacha una santa. Y sobre esto —y su voz emitió un grave profundo— ¡secreto inviolable!


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