El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El padre Amaro, con bondad, la esclareció. El enemigo tenía muchas maneras, pero la habitual era ésta: hacía descarrilar un tren para que muriesen pasajeros y, como esas almas no estaban preparadas por la extremaunción, el demonio allí mismo, ¡zas!, se apoderaba de ellas.
—¡Qué bellaco! —murmuró el canónigo, con una admiración secreta por aquella maña tan hábil del enemigo.
Pero doña Maria da Assunção se abanicó lánguidamente, con el rostro bañado en una sonrisa de beatitud.
—¡Ay, hijas! —decía pausadamente hacia unas y otras—, a nosotras eso sí que no nos pasaba… ¡No nos pillaba desprevenidas!
Era verdad; y todas disfrutaron por un instante de aquella seguridad deliciosa de estar preparadas, ¡de poder engañar la malicia del tentador!
El padre Amaro entonces tosió, como para preparar las vías, y apoyando las dos manos sobre la mesa, en tono de plática:
—Hace falta mucha vigilancia para mantener alejado al demonio. Aún hoy he estado pensando en eso, fue, de hecho, mi meditación, en relación con un caso muy triste que tengo allí al lado de la catedral… Es la hijita del campanero.