El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Doña Maria da Assunção declaró que todas aquellas minas, aquellas máquinas extranjeras le daban miedo. Había visto una fábrica junto a Alcobaça y le había parecido una imagen del infierno. Estaba segura de que Nuestro Señor no las veía con buenos ojos.

—Es como los ferrocarriles —dijo doña Josefa—. ¡Tengo la seguridad de que han sido inspirados por el demonio! No lo digo de broma. Si no, ¡fíjense en esos ululares, esos fogonazos, ese fragor! ¡Ay, dan escalofríos!

El padre Amaro se chanceó, asegurándole a doña Josefa ¡que eran increíblemente cómodos para viajar rápido! Pero, poniéndose serio, añadió:

—En cualquier caso es incontestable que hay en esas invenciones de la ciencia moderna mucho del demonio. Y es por eso por lo que nuestra Santa Iglesia las bendice, primero con oraciones y después con agua bendita. Deben de saber que es la costumbre. Con agua bendita para hacerles el exorcismo, expulsar al espíritu enemigo; y con oraciones para redimirías del pecado original, que no sólo existe en el hombre, sino también en las cosas que construye. Por eso se bendicen y se purifican las locomotoras… Para que el demonio no pueda servirse de ellas en beneficio propio.

Doña Maria da Assunção quiso inmediatamente una explicación. ¿De qué manera el enemigo se servía habitualmente de los ferrocarriles?


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