El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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A los pocos días habló en casa de la Sanjoaneira de la hija del campanero.

El día anterior le había dado el billete a Amélia; y aquella noche, mientras en la sala se hablaba en voz alta, se había aproximado al piano, donde Amélia, con los dedos perezosos, hacía escalas, e inclinándose para encender el cigarro en la vela, le había cuchicheado:

—¿Lo has leído?

—¡Perfecto!

Amaro se incorporó al grupo de las señoras, en el que la Gansoso estaba contando una catástrofe sucedida en Inglaterra que había leído en un periódico: una mina de carbón que se había derrumbado, sepultando a ciento veinte trabajadores. Las viejas se estremecían, horrorizadas. La Gansoso entonces, reforzando el efecto, acumuló locuazmente los detalles: la gente que estaba fuera se había esforzado por sacar a los infelices de los escombros; escuchaban, débiles, sus gemidos y sus ayes; era en el crepúsculo; había una tormenta de nieve…

—¡Qué desagradable! —musitó el canónigo, arrebujándose en su poltrona, gozando del calor de la sala y de la seguridad de los techos.


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