El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Cuando terminó el desayuno, la Dionísia fue a saber, muy risueña, si el párroco había hablado con el tío Esguelhas…

—Hablé por encima —dijo él ambiguamente—. No hay nada decidido… Roma no se construyó en un día.

—¡Ah! —dijo ella. Y se retiró a la cocina, pensando que el señor párroco mentía como un hereje. Tampoco le importaba… Nunca le habían gustado las componendas con los señores eclesiásticos; pagaban mal y sospechaban siempre…

Y tan pronto oyó que Amaro salía, corrió a la escalera para decirle… que, en fin, ella tenía que mirar por su casa, y cuando el señor párroco hubiese conseguido criada…

—Doña Josefa está arreglándome eso, Dionísia. Espero tener a alguien mañana. Pero usted aparezca… Ahora que somos amigos…

—Cuando el señor párroco quiera no tiene más que darme un grito desde la ventana —dijo ella desde lo alto de la escalera—. Para todo lo que necesite. Sé un poquito de todo, hasta de enfermedades y de partos… Y sobre eso hasta puedo decirle… —Pero el cura no la escuchaba. Había cerrado la puerta de golpe, huyendo, indignado por el brutal ofrecimiento de aquellos saberes impertinentes.


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