El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Después se fue a su casa. ¡Qué relajadamente se sentó a desayunar, plenamente contento de sí mismo, de la vida y de las dulces facilidades que en ella encontraba! Celos, dudas, torturas del deseo, soledad de la carne, todo lo que le había consumido durante meses y meses, en la Rua da Misericórdia y en la Rua das Sonsas, había pasado. ¡Estaba por fin duraderamente instalado en la felicidad! Y recordaba, abismado en un gozo mudo, con el tenedor olvidado en la mano, toda aquella media hora de la víspera, placer a placer, volviendo a saborearlos mentalmente uno a uno, saturándose de la deliciosa certeza de la posesión, como el labrador que recorre el trozo de tierra adquirida y envidiada por sus ojos durante muchos años. ¡Ah, no volvería a mirar de reojo, con acritud, a los caballeros que paseaban por la alameda con sus mujeres del brazo! También él ahora tenía una, toda suya, alma y carne, hermosa, que lo adoraba, que usaba buena ropa interior ¡y que llevaba en el pecho un olorcito a agua de colonia! Era cura, es verdad… Pero para eso tenía su gran argumento: el comportamiento del cura, si no produce escándalo entre los fieles, en nada perjudica a la eficacia, la utilidad, la grandeza de la religión. Todos los teólogos enseñan que el orden sacerdotal fue instituido para administrar los sacramentos; lo esencial es que los hombres reciban la santidad interior y sobrenatural que los sacramentos contienen; y con tal de que sean dispensados según las fórmulas consagradas, ¿qué importa que el sacerdote sea santo o pecador? El sacramento comunica la misma virtud. No es por los méritos del sacerdote por lo que ellos operan, sino por los méritos de Jesucristo. El que es bautizado o ungido, lo sea por manos puras o por manos sucias, queda igualmente bien lavado del pecado original, o bien preparado para la vida eterna. Esto se lee en todos los santos padres, lo estableció el seráfico Concilio de Trento. Los fieles nada pierden, en lo tocante a su alma y a su salvación, por la indignidad del párroco. Y si el párroco se arrepiente en la hora postrera, tampoco se le cierran las puertas del cielo. Así que al final todo acaba bien y en paz general… Y el padre Amaro, razonando de este modo, sorbía con placer su café.