El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Se puso en pie animado, dio algunos pasos por la sala, con los hombros curvados, con la pena de un pastor a quien una fuerza desproporcionada arrebata una oveja amada. Y, excitado por sus palabras, sentía, en efecto, que lo invadía una piedad, una compasión verdadera por aquella pobre criatura a quien la falta de consuelos debía de hacer más intensa la agonía de la inmovilidad.
Las señoras se miraban, apenadas por aquel caso triste de abandono de un alma. Sobre todo, por el dolor que ello parecía causar al señor párroco.
A doña Maria da Assunção, que recorría con la imaginación el abundante arsenal de la devoción, se le ocurrió que si le pusiesen a la cabecera algunos santos, como san Vicente, Nuestra Señora de las Siete Llagas…, pero el silencio de las amigas expresó bien la insuficiencia de aquella galería devota.
—Las señoras tal vez me dirán —dijo el padre Amaro volviendo a sentarse— que se trata apenas de la hija del campanero. ¡Pero es un alma! ¡Es un alma como las nuestras!
—Todos tienen derecho a la gracia del Señor —dijo el canónigo gravemente, con un sentimiento de imparcialidad, admitiendo la igualdad de clases si no se trataba de bienes materiales, tan sólo de los alivios del cielo.