El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Ay, son horas —decía Amélia.

El cura quería detenerla; no se hartaba de besarle la orejita.

—¡Goloso! —murmuraba ella—. ¡Déjame!

Se vestía deprisa en la penumbra de la habitación; después abría la ventana, se abrazaba de nuevo al cuello de Amaro, que había quedado postrado sobre el lecho; y finalmente arrastraba la mesa y las sillas para que la paralítica, abajo, oyese y supiese que había acabado la charla.

Amaro no acababa de besuquearla; entonces ella, para terminar, se le escapaba, abría de par en par las puertas de la habitación; el cura bajaba, cruzaba en dos zancadas la cocina sin mirar a la Totó, y entraba en la sacristía.

Amélia, antes de salir, iba a ver a la paralítica, para saber si le habían gustado las estampas. A veces la encontraba con la cabeza debajo de las mantas, que cogía y apretaba con las manos para esconderse; otras veces, sentada en la cama, examinaba a Amélia con unos ojos en los que se encendía una curiosidad morbosa; acercaba su cara a ella, con las aletas de la nariz dilatadas, como oliéndola; Amélia retrocedía, inquieta, poniéndose colorada; se quejaba entonces de que era tarde, recogía la Vida dos santos y salía, maldiciendo a aquella criatura, tan maliciosa en su mudez.


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