El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Él la besaba vorazmente en el cuello, en el pelo; a veces le mordía la oreja; ella daba un gritito; y se quedaban entonces muy quietos, a la escucha, con miedo de la paralítica abajo. Después el párroco cerraba las contraventanas y la puerta, muy recia, que tenía que empujar con la rodilla. Amélia se desnudaba despacio; y con las faldas caídas a los pies se quedaba un momento inmóvil, como una forma blanca en la oscuridad del cuarto. Alrededor, el cura, preparándose, respiraba fuerte.

Ella entonces se persignaba deprisa, y al subir a la cama emitía siempre un suspirito triste.

Amélia sólo podía demorarse hasta el mediodía. Por eso el padre Amaro colgaba su reloj de bolsillo en la punta de la candela. Pero cuando no oían las campanadas de la torre, Amélia sabía la hora por el canto de un gallo vecino.

—Tengo que irme, querido —murmuraba toda cansada.

—Deja… Estás siempre con prisa…

Todavía se quedaban un poco más, callados, en una lasitud dulce, muy pegados el uno al otro. A través de las vigas separadas del tejado mal unido, veían aquí y allí rendijas de luz: a veces oían a un gato, con sus pisadas blandas, vagabundeando, haciendo que se moviese alguna teja suelta; o se posaba un pájaro, chirriando, y oían el batir de sus alas.


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