El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Por fin, Amaro, impaciente, le hacía una señal a Amélia; entonces ella colocaba ante la Totó el libro con estampas de la Vida dos santos.
—Venga, ahora te quedas viendo las figuras… Mira, éste es san Mateo, ésta santa Virginia… Adiós, yo voy arriba con el señor párroco a rezar para que Dios te dé salud y puedas salir a pasear… No estropees el libro, que es pecado.
Y subían por la escalera, mientras la paralítica, alargando el pescuezo ávidamente, los seguía, escuchando el rechinar de los escalones, con los ojos llameantes nublados por lágrimas de rabia. La habitación, arriba, era muy baja, sin revestir con un techo de vigas negras sobre el que descansaban las tejas. Al lado de la cama colgaba la candela, que había hecho sobre la pared un penacho negro de humo.
Y Amaro se reía siempre de los preparativos del tío Esguelhas: la mesa en el rincón con el Nuevo Testamento, una jarra de agua y dos sillas al lado…
—Esto es para nuestra charla, para que te enseñe los deberes de monja —decía él, burlándose.
—¡Entonces, enséñame! —murmuraba ella con los brazos abiertos frente al cura, con una sonrisa cálida en la que brillaba la blancura de los dientes, ofreciéndose con abandono.