El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La cama de la Totó estaba en la alcoba, al lado de la cocina; su cuerpecito de tísica casi no sobresalía, enterrado en la cavidad del catre, bajo las mantas sucias que ella se entretenía en deshilachar. Aquellos días llevaba puesta una chambra blanca, los cabellos le brillaban, ungidos; porque últimamente, desde las visitas de Amaro, le había sobrevenido «un empeño por parecer alguien», como decía encantado el tío Esguelhas, hasta el punto de no querer separarse de un espejo y de un peine que guardaba debajo de la almohada y de obligar al padre a esconder bajo la cama, entre la ropa sucia, las muñecas que ahora despreciaba. Amélia se sentaba un momento a los pies del catre, preguntándole si había estudiado el abecedario, obligándole a decir el nombre de alguna que otra letra. Después quería que ella repitiese sin equivocarse la oración que le estaba enseñando; mientras, el cura, sin pasar de la puerta, esperaba, con las manos en los bolsillos, hastiado, molesto con los ojos brillantes de la paralítica que no lo dejaban, penetrándolo, recorriéndole el cuerpo con pasmo y con ardor y que parecían más vivos en su rostro trigueño, tan chupado que se le veía el armazón de la mandíbula. No sentía ahora ni compasión ni caridad por la Totó: detestaba aquella demora; encontraba a la chiquilla salvaje y caprichosa. También a Amélia se le hacían pesados aquellos momentos en que, para no escandalizar demasiado a Nuestro Señor, se resignaba a hablarle a la paralítica. La Totó parecía odiarla: le respondía muy malhumorada; otras veces persistía en un silencio rencoroso, vuelta hacia la pared; un día había despedazado el alfabeto; y se encogía, completamente contraída, si Amélia le quería poner bien el chal sobre los hombros o arrebujarle la ropa de la cama.