El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Finalmente él aparecía. Era a principios de marzo; ya habían llegado las golondrinas; las oían chirriar, en aquel silencio melancólico, revoloteando entre los contrafuertes de la catedral. Aquí y allá, los líquenes cubrían los rincones con una vegetación oscura. Amaro, en ocasiones muy galante, iba a buscar una florecilla. Amélia se impacientaba, repiqueteaba con los dedos en el cristal. Él se apresuraba; se quedaban un momento en la puerta, estrechándose las manos, devorándose con los ojos encendidos; e iban a ver a la Totó. Y a darle los pasteles que el párroco le traía en el bolsillo de la sotana.