El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero la mudez de la iglesia, desierta y adormecida en una luz hosca, la amedrentaba; le parecía percibir, en la taciturnidad de los santos y de las cruces, una reprensión a su pecado; imaginaba que los ojos de vidrio de las imágenes, las pupilas pintadas de los óleos se fijaban en ella con una insistencia cruel, notando la ansiedad que causaba en su seno la esperanza del placer. Algunas veces, incluso, traspasada por una superstición, deseando disipar el enfado de los santos, prometía entregarse por completo aquella mañana a la Totó, ocuparse caritativamente sólo de ella y no dejarse tocar ni siquiera el vestido por el señor padre Amaro. Pero si al entrar en casa del campanero no lo encontraba, iba inmediatamente, sin detenerse junto a la cama de la Totó, a apostarse en la ventana de la cocina para vigilar la puerta maciza de la sacristía, cuyas planchas negras de hierro conocía ya una por una.